Qué no es el acompañamiento 2

Continuamos el breve examen sobre tipos de relaciones humanas (personales y profesionales) que, aunque se le parecen, se distinguen de lo que constituye una relación de acompañamiento.

  • Relación de amistad

          Los/as verdaderos/as amigos/as suelen establecer una relación de mutualidad en la que se confían sus vidas y procesos. Se crea de esa manera un espacio en el que se ventilan las dificultades y vulnerabilidades de ambos/as y de esa forma se ayudan a crecer.

El modelo que conforma la práctica del acompañamiento espiritual cristiano hunde sus raices en el legado de los Padres y Madres del Desierto (Egipto, Siria, etc.) en los primeros siglos del cristianismno y en su raíz más profunda, se conecta con el modelo maestro-discípulo usado por Jesús en su comunidad de seguidores/as.  Curiosamente, la postura prevaleciente en este modelo coincide con las propuestas por las profesiones relacionadas con la atención a la salud mental. Ni la terapia psicológica, ni la consejería, ni, hasta cierto punto, el coaching, buscan establecer una relación de amistad entre el/la terapeuta o consejero/a y su paciente /cliente. De hecho, la amistad suele considerarse un posible obstáculo para el proceso de terapia, que pudiera aumentar las posibilidades de que se desarrollen instancias de transferencias y contra-transferencias.

La premisa que guía estas prácticas establece que además de las relaciones familiares y de amistad, existe un tercer tipo de relación de intimidad que se da en el contexto de interacciones profesionales con médicos, psicólogos/as, consejeros, miembros del clero y acompañantes espirituales. Sin embargo, todas estas interacciones se basan en relaciones asimétricas. Son, en este sentido, relaciones en donde no existe, ni se espera que exista, ninguna forma de mutualidad. De otro modo, sería muy difícil y complicado mantener una distancia crítica que ayude a identificar problemas y soluciones.

Entrar en una relación de acompañamiento con la pretensión de entablar una amistad con el/la acompañante puede llevar a una serie de decepciones y desencantos que podrían pesar mucho sobre la psique de personas en determinadas situaciones existenciales. Paradójicamente, esa ausencia de amistad, en el sentido clásico de la palabra, que marca una relación de acompañamiento, puede ser una de las fuentes más importantes de plenificación, crecimiento y desarrollo espiritual de una persona en un momento dado. La puerta que, en un sentido, se cierra a la amistad en el contexto del acompañamiento, se abre a modos de interacción que tienen mucho en común con procesos formativos humanos más conocidos como sería, por ejemplo, el caso de escuelas profesionales y otros centros de práctica y formación.

El principio de no-mutualidad que rige las relaciones de acompañamiento no proviene de una visión jerárquica o estratificada de la vida espiritual en la que el/la acompañante aparecería ocupando un lugar principal, encumbrado sobre el/la acompañado/a. Todo lo contrario. Un/a buen/a acompañante buscará siempre intervenir lo menos posible en la vida espiritual de su acompañado/a, procurando pasar a tercer plano de modo que el protagonismo recaiga sobre quienes tiene que recaer; es decir, sobre Dios y el/la acompañado/a.

Esto no impide que, en determinadas ocasiones el/la acompañante pueda compartir alguna experiencia personal si ve que ese compartir puede ayudar a la persona a quien acompaña. Pero cuidará siempre de que esa excepción no se convierta en la regla.  Un/a buen acompañante puede ayudar a la persona a identificar qué cambios puede realizar en su vida para lograr entablar y conservar relaciones de intimidad con otras personas. Pero no puede ser él/ella quien provea esa intimidad.

  • Dirección espiritual

Por siglos, el acompañamiento espiritual se concibió como una relación jerárquica en la que un/a discípulo/a, a quien se le atribuía toda la ignorancia, se ponía bajo la dirección y el control–más o menos absoluto–de un/a maestro/a a quien se le atribuía todo el conocimiento. La tarea de el/la discípulo/a era someterse en toda humildad a la opinión, intrucciones y mandatos de el/la director/a, renunciando muchas veces a su propio querer e inclinaciones, para asumir las de el/la director/a sin cuestionarlas. La virtud de el/la acompañado/a se medía por su mayor o menor habilidad para vivir a la altura de este estándar. Entendida de este modo, la dirección espiritual era deficiente en la tarea de desarrollar una espiritualidad madura y autónoma. Aún en nuestros días es frecuente encontrar personas que, por diversas razones, se sienten atraidas a este modelo de acompañamiento.

Con el movimiento hacia una espiriutalidad que busca fortalecer a la persona y proveerle herramientas para afirmarse y valorarse a sí misma, hoy preferimos hablar no de dirección espiritual sino de «acompañamiento espiritual.»

© Paco de Lariz (Francisco A. Morales) 2014

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