Acompañamiento de perpetradores/as y víctimas de abuso sexual

Una sencilla revisión de los testimonios de perpetradores/as y sobrevivientes de abuso sexual hace evidente que la experiencia del abuso sexual se presenta en múltiples y variadas formas. Esta multiplicidad y variedad de experiencias resalta tanto su intransferible subjetividad como la solidaridad que nace del dolor compartido.

Partiendo de esta visión, no será difícil comprender por qué no existe una única manera de concebir, enfocar y estructurar el acompañamiento de personas que han perpetrado o sufrido un abuso sexual.  Sea cual sea la forma de abordar este reto, es posible identificar una serie de elementos que han de estar presentes en la mayoría de las formulaciones:

  • El/La acompañante no es el único recurso de ayuda.

La gran complejidad de dimensiones de este tipo de experiencias y de las secuelas que dejan, requiere la intervención oportuna y eficaz de un equipo interdisciplinario de profesionales cualificados/as. No pocas veces, es el/la acompañante el/la primero/a en recibir la confidencia de una experiencia de abuso. Pero la gran mayoría de los/as acompañantes no poseen la totalidad de las competencias necesarias para responder adecuadamente. Excepto cuando la seguridad y salud de una persona está siendo amenazada, la confianza depositada en el/la acompañante debe ser correspondida con la promesa de la confidencialidad. Sin embargo, el/la acompañante también tiene la responsabilidad de iluminar el camino de el/la acompañado/a y guiarle con firme suavidad hacia los recursos profesionales que puedan complementar su proceso de sanación.

  • El acompañamiento no está regido por las reglas del “sigilo sacramental.”

Un/a acompañante que recibe una confidencia que indique que una persona ha estado o está en peligro inmediato o remoto de cualquier tipo de daño o abuso, tiene el deber de reportarlo a las autoridades correspondientes.

  • Ayudando a perpetradores/as y víctimas

Entre las personas dedicadas a la práctica del acompañamiento no existe consenso respecto a la pregunta de si un/a mismo/a acompañante debe recibir tanto a perpetradores/as como a víctimas. Algunos/as creen que es mejor trabajar con los/as unos/as o con los/as otros/as pero no con ambos/as. Otros/as creen que es posible trabajar con ambos/as pero poniendo gran cuidado en evitar que ambos tipos de acompañados/as se crucen en el lugar en donde se lleva a cabo la sesión.  Si este es un punto importante para la persona que busca acompañamiento, es crucial que lo discuta con el/la acompañante en la fase de exploración durante la primera sesión.

    • Con las víctimas

-Una de las condiciones más importantes del acompañamiento de víctimas de abuso sexual es dejar que sean ellas quienes determinen las fronteras y los límites iniciales y quienes escojan qué “espacios” interiores quieren dejar abiertos a la mirada de el/la acompañante y qué espacios permanecerán (al menos temporeramente) vedados.

-El ritmo y la frecuencia de encuentros pueden ser negociadas, pero es de suma importancia respetar aquellos propuestos por el/la acompañado/a. Poco a poco, a medida que se va creando la alianza necesaria entre acompañado/a y acompañante, éste/a ultimo/a podrá ir proponiendo la apertura de nuevos espacios y dimensiones y moviendo el ritmo y la frecuencia de los encuentros a aquellas que mejor se adecúen a las metas del proceso de acompañamiento según se vayan definiendo en conjunto.

-El foco central de un proceso de acompañamiento en estas circunstancias está puesto en fortalecer, con gran compasión y paciencia, los aspectos que apuntalan el proceso de sanación integral de las víctimas. Por ello, se trabaja con la dimensión espiritual de emociones, memorias, traumas, sexualidad, imagen propia, perdón y culpa y relación con el propio cuerpo, entre otros, usando diversas técnicas según las particularidades de cada caso.

-Además, se trabaja con la revisión/reformulación de la idea de Dios y de la propia teología que en muchas ocasiones suele quedar gravemente afectada, en particular cuando el abuso lo realiza una figura investida de algún tipo de autoridad religiosa o figura paterna o materna.

    • Con los/as perpetradores/as

El único acompañamiento posible para un/a perpetrador es el que se da a partir de al menos estas cinco condiciones:

-ha reconocido y aceptado la gravedad de sus acciones y las consecuencias sobre la vida de sus víctimas y de todas las familias afectadas;

-ha roto definitiva e irreversiblemente con el ciclo de abuso;

-está recibiendo terapia psicológica (y psiquiátrica si amerita) con un profesional de la salud mental;

-ha asumido las todas consecuencias legales y las responsabilidades morales y materiales que se desprenden de su actividad criminal;

-se reconoce llamado/a a la conversión y necesitado/a de la misericordia divina para su largo y complejo camino de recuperación.

    • Con ambos/as

Es crucial que el/la acompañante sea capaz de crear y mantener un ambiente y un espacio de paz y de acogida en el que todos/as, pero de manera particular, las víctimas, se sientan seguras, respetadas y valoradas. Se requiere una especial sensibilidad y una gran capacidad de empatía para hacerse cercano/a a quienes, como secuela del abuso sufrido, se sienten abatidos/as y derrumbados/as.

En algunos casos, el género de el/la acompañante puede jugar un rol importante en la dirección que tome un proceso de acompañamiento de este tipo. La modalidad de “dos acompañantes” puede resultar ser un excelente recurso para atender bloqueos, resistencias (transferencias) y otras situaciones que pueden surgir.

© Paco de Lariz (Francisco A. Morales) 2014

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Co-testigos de la Luz

Acercándonos a la experiencia del acompañamiento espiritual hoy

El punto de partida

A lo largo de los años he escuchado a mucha gente hacerse todo tipo de preguntas acerca del acompañamiento espiritual. La gran mayoría de las veces, son preguntas profundas y pertinentes que merecen una respuesta. Después de todo, parece prudente saber en qué se está metiendo uno/a cuando decide comprometerse en un proceso como éste.De entre todas las preguntas posibles, quizá la más básica es la que pretende encontrar una definición que, en palabras sencillas, devele un poco del misterio de la experiencia de acompañamiento. Suelo responder a esta pregunta con cierta cautela inicial. No me resisto a aventurar una definición. De hecho, reconozco que definir puede ser importante dado que a algunos/as de nosotros/as nos viene muy bien tener algunas cosas claras desde el principio. No obstante, parto de una cauta reticencia.Esta reticencia, que aprendí de mis mejores maestros, no constituye una excusa para la imprecisión manipuladora e interesada. Se trata más bien de la expresión de un profundo respeto frente al Misterio. Acompañar espiritualmente a alguien–y aquí aventuro la primera pista para una eventual definición–no es otra cosa que caminar a su lado a lo largo de un tramo más o menos corto de su proceso de encuentro con el Misterio (Dios).

Desde la experiencia de fe cristiana, sabemos que no hacen falta intermediarios/as entre el alma y quien le ha creado. Sin embargo, muchas veces, el pequeño encuentro de amor entre dos hermanos/as en el contexto de una búsqueda sincera de claridad sobre el querer personal y su relación con la voluntad de Dios, se convierte en un vehículo muy eficaz que termina posibilitando otro encuentro mucho mayor entre la persona que discierne y Dios. Entonces, el acompañamiento espiritual puede comenzar a definirse desde la certeza de que en el camino de la vida, vamos mejor cuando tenemos compañía.

Es cierto que discernir, elegir el propio sendero y asumir el reto de caminar por él, son tareas muy personales en las que nadie–sin importar cuán buena sea su intención–puede sustituirnos.  Todavía más cierto es que cualquier intervención extraña que pretende tomar las riendas de este proceso desde afuera, está más tarde o más temprano abocada al fracaso. Sin embargo, nada de esto impide que en ese caminar, busquemos una mano amiga y solidaria que nos ayude a despejar el camino y a apartar de él los obstáculos que nos van apareciendo. Esto es especialmente importante cuando existe la posibilidad real de que nuestra mirada no pueda abarcar todos los factores que inciden en nuestro caminar, incluyendo, entre otros, aquellos que emanan de nuestra sorprendente capacidad para autoengañarnos y ver sólo aquello que queremos ver.

Pulsa aquí para ver un reportaje de PBS sobre dirección / acompañamiento espiritual (en inglés)

Es desde aquí que puede afirmarse que el arte de acompañar cristianamente a otros/as en su proceso de discernimiento llega a su plena y verdadera realización cuando quien acompaña logra crear y mantener un balance entre dos claras vertientes. Por un lado, se busca una cercanía solidaria que crea y recrea espacios seguros de intimidad y encuentro de corazones en el seguimiento de Cristo, y por otro lado, se busca la necesaria distancia que posibilita la palabra eficaz e iluminadora sin necesidad ni interés en ningún tipo de protagonismo o control. En este proceso, acompañante y acompañado/a se convierten y se reconocen mutuamente como co-testigos de la Luz. Por eso hablamos cada vez menos de «dirección» y cada vez más de «acompañamiento» espiritual.

Acompañado/a y acompañante crean una relación circular
en constante dinamismo que les refiere mutuamente y
que oscila permanentemente entre Dios y el resto de la realidad
En este contexto, el proceso de acompañamiento aparece marcado por un fuerte carácter fluido, igualitario y dinámico que oscila permanentemente entre una mirada a lo trascendente y una mirada a lo que Xavier Zubiri llamaba lo «intramundano» o el todo de la realidad material. No son polos opuestos sino horizontes complementarios de un todo unitario. Ambos son imprescindibles. Un verdadero proceso de acompañamiento necesariamente ha de poner sus ojos en ambos.
© Paco de Lariz (Francisco A. Morales) 2014
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