¿Cómo puedo saber si lo que necesito es un/a psicólogo/a, un/a psiquiatra o un/a acompañante espiritual?
Lo primero que es importante dejar claro es que estas tres prácticas no son intercambiables. Ciertamente los primeros dos tienen muchos elementos en común y a su vez, ambos comparten algunos elementos que se conectan en alguna forma con la práctica del acompañamiento espiritual. Pero ninguno puede sustituir o suplantar el aporte de los otros dos.
La psicología y la psiquiatría son dos prácticas profesionales dedicadas al cuidado de la salud mental. No vamos a hacer una explicación exhaustiva de ellas aquí, pero conviene presentarlas aunque sea de forma somera, para destacar cómo contrastan con la práctica del acompañamiento espiritual.
En términos muy generales, puede decirse que la psicología favorece la exploración de los retos, dificultades, dinámicas y posibilidades propias de la vida psíquica de los individuos. Según la escuela que inspira a cada psicólogo/a, su práctica favorecerá unos acercamientos más que otros. Una de las más importantes diferencias entre ésta y la psiquiatría radica en cómo centra su interés no tanto en la sintomatología o en la conducta de un/a paciente sino en la etiología o las causas y el origen de esa sintomatología o conducta y en el camino que elige para su sanación, modificación o resolución.
La psiquiatría es la rama de la medicina que estudia los desórdenes mentales en sus distintas expresiones. Típicamente, la gran mayoría de los/as psiquiatras a lo largo de la historia han dado prioridad a un acercamiento bioquímico al problema de la salud mental que suelen tratar desde un modelo médico. En éste, se favorece el uso de fármacos psicotrópicos (ansiolíticos, antidepresivos, estabilizadores del estado de ánimo, etc.) por sobre la psicoterapia. En años recientes se ha visto un aumento en el número de psiquiatras que buscan un mayor balance entre el tratamiento farmacológico y la psicoterapia.
Ni los/as psicologos/as ni los/as psiquiatras necesitan recurrir a Dios para desarrollar con éxito su práctica profesional. Cuando uno/a de ellos/as incorpora a Dios, lo hace libremente sea por una decisión personal basada en su fe o como una herramienta útil para crear un lenguaje común con sus pacientes.
En contraste, Dios es el centro absoluto de la práctica del acompañamiento espiritual. Esta práctica apunta a lo trascendente pero se esfuerza por encontrarlo en la realidad cotidiana de cada persona especialmente en lo que atañe a su estilo de vida, valores, vocación y toma de decisiones.
Arriesgando una sobre-simplificación de todo lo dicho, se puede decir que voy a el/la psicólogo/a cuando deseo explorar las causas, origen y dinámicas propias de uno o más problemas de salud mental y cuando deseo identificar maneras de resolverlos mediante el uso de psicoterapia. En cambio, voy a el/la psiquiatra cuando percibo u otros/as perciben que mi salud mental está o puede estar afectada por algún desbalance o deficiencia de tipo bioquímico que incide fuertemente sobre mi conducta, estados de ánimo, contacto con la realidad, toma de decisiones, etc. Por último, voy a un/a acompañante espiritual cuando, desde mi realidad de creyente, deseo emprender un proceso de profundización de mi autoconocimento y de mi conocimiento de Dios, para re-enfocar o reorientar mi vida según la lógica del Evangelio o determinar un rumbo a seguir en sintonía con la voluntad de Dios para mí.
Ya vimos cómo ninguno de estas tres prácticas prácticas puede suplantar a las otras. Ahora hay que añadir que no son mutuamente excluyentes. Esto quiere decir que es posible que una persona vaya a terapia psicológica, visite a su psiquiatra para recibir los medicamentos que necesite y mantenga una relación de acompañamiento para profundizar y encontrar luz para su vida espiritual. Desde su propia especificidad, cada una de estas prácticas puede aportar grandemente al desarrollo de una persona saludable.
Un acercamiento holístico a la práctica del acompañamiento trae a la luz la intrínseca interconexión entre aspectos espirituales y psicológicos. Enfatizar demasiado en las diferencias entre estos dos aspectos, desnaturaliza y fragmenta artificialmente las dinámicas propias de la vida interior de cada persona. Por otro lado, borrarlas o minimizarlas, confundiendo métodos y metas, invariablemente termina haciendo más mal que bien.
© Paco de Lariz (Francisco A. Morales) 2014
