¿Estoy listo/a para comprometerme en un proceso de acompañamiento?

Antes de iniciar el trabajo con un/a acompañante, es necesario asumir un pequeño pero importante trabajo personal de introspección enfocado hacia dilucidar si estás listo/a para ello. Veamos cuáles son algunas de las áreas a considerar:

  •  Nivel de compromiso

           Ni siquiera el/la mejor de los/as directores/as o acompañantes espirituales puede ayudarte si antes de iniciar el proceso de acompañamiento no has alcanzado un nivel de compromiso con tu propio proceso de crecimiento personal y espiritual. Parte de ese compromiso implica crear conciencia de que la primera y última responsabilidad por tu proceso de crecimiento recae exclusivamente en ti. Esperar que el/la acompañante solucione milagrosamente todas tus dificultades te aboca a un infantilismo psicoespiritual inhibiendo tus posibilidades de crecer en tu relación contigo/a mismo/a, con los/as demás y con Dios.

Es posible que ocasionalemte tu acompañante te asigne alguna tarea o ejercicio para realizar con cierta periodicidad antes del próximo encuentro. ¿Sientes que esto es algo que puedes hacer sin percibirlo como un fastidio o pérdida de tiempo?

  •  Vida interior

            El acompañamiento espiritual no es un proceso de terapia psicológica o consejería.  Es una forma de experiencia cristiana fuertemente anclada en la fe.  En consecuencia, no funciona si no estás en sintonía–o si no buscas sintonizarte–con el Dios que te habita. Para esto puede ayudar empezar o continuar una práctica de oración y meditación frecuentes.

También es útil iniciar o profundizar en ejercicios y momentos de intraspección que, poco a poco vayan adelantando tu autoconocimiento.

  • Sed de Dios

          De la vida interior brota una sed inmensa del amor de Dios. Un deseo profundo de conectarte con la divinidad y hacerle presente en todas las dimensiones de tu vida. Puedes elegir buscar a Dios y, de hecho, esa elección puede darle a tu vida un nuevo dinamismo de fe. Eventualmente descubres que tener «sed» significa también que tu búsqueda no es sólo ni primariamente el resultado de un acto de la voluntad, sino la expresión de un dinamismo interior que marca todo tu ser.

  • Humildad

La profundidad con la que un/a acompañante puede entrar en tus procesos psicoespirituales la determinas tú. Es tu compartir abierto, honesto y veraz el que hace posible la relación de acompañamiento. Para esto es necesario tener la humildad de dejarte guiar por Dios y no temer a tu vulnerabilidad. Un/a buen acompañante nunca te va a hacer daño pero, en ocasiones, sólo podrá ayudarte si le permites aventurarse contigo en las áreas de tu vida en las que hay dolores, trumas y tristezas. Esto requerirá de ti abrirte a confiar en él/ella como un/a partero/a que te apoya en tu lucha por nacer a una nueva vida o a ver la vida que ya tienes bajo una nueva luz.

  • Apertura

          La inmensa mayoría de los/las acompañantes no son magos ni adivinos. Muchos/as tienen cierto tipo de entrenamiento que les ayuda a identificar algunos rasgos de la personalidad, historia y situación existencial de cada acompañado/a, pero ninguno puede franquear la barrera de su intimidad. En consecuencia, depende casi totalmente de lo que el/la acompañado/a esté dispuesto/a a compartir. Esto significa, entre otras cosas, que buena parte de la «efectividad» de cualquier proceso de acompañamiento descansa principalmente en la apertura de quien es acompañado/a.  De ahí que sea crucial dedicar cierto tiempo a propiciar el desarrollo de una relación de confianza básica (no necesariamente amistad) entre acompañante y acompañado/a.

  • Capacidad de diálogo

         En su aspecto más humano, el armazón sobre el que se sostiene todo el proceso de acompañamiento es su radical carácter dialógico. Esto equivale a decir que la condición que posibilita la eficacia de la relación entre acompañante y acompañado/a, es la capacidad y el compromiso de ambos/a para establecer una buena comunicación. Esto incluye, entre otras cosas, compartir sentimientos, ideas y pensamientos; saber escuchar y saber hablar.

  • Madurez

          No todos/as estamos listos/as para entrar en una relación de acompañamiento. Pero no se trata necesariamente de haber alcanzado o no un determinado nivel de madurez personal y espiritual, sino de encontrarse en el momento existencial adecuado. Por ello, es posible toparse con un/a joven adolescente que está «listo/a» para dejarse acompañar a la par de un/a adulto/a que no lo está. Por otro lado, las dinámicas propias de la vida espiritual de cada persona, con las asonancias y disonancias que le son típicas, van a resultar en la paradoja de que alguien que toda su vida estuvo involucrado en relaciones de acompañamiento, de repente descubra que no lo quiere hacer más, o necesita una pausa y que alguien que jamás se imaginó en ese tipo de relación de ayuda, se sienta motivado/a a buscar un/a acompañante e incluso descubra con asombro no sólo que le gusta sino que le puede sacar mucho provecho personal y espiritual.

  • Realismo

         Uno de los principales elementos que resultan de haber alcanzado o estar en proceso de alcanzar un nivel adecuado de madurez, es la capacidad para tener una mirada realista sobre la propia persona, sobre Dios, sobre los/as demás y sobre el mundo. En el caso concreto del acompañamiento espiritual, esto se traduce en la ausencia de expectativas exageradas o fantasiosas, tanto sobre el propio proceso de crecimiento y maduración personal y espiritual, así como sobre los beneficios del proceso de acompañamiento y aún sobre la persona de el/la acompañante. Conviene caer en la cuenta de que el acompañamiento no es una panacea ni una cura milagrosa para todos los males y que no asegura un pase expreso a la santidad. De igual modo, es crucial que el/la acompañado/a evite idealizar la persona de el/la acompañante, sus virtudes, sabiduría e incluso su grado de santidad. Un/a acompañado/a maduro/a o en proceso de maduración cristiana, no puede fijar sus ojos en el/la acompañante como si fuera el modelo a seguir, sino en Cristo Jesús.

  • Tiempo

          El proceso de acompañamiento no puede asumirse con premura. No se trata de que no se puedan iniciar procesos puntuales con metas a corto plazo; se trata, más bien, de que los procesos del espíritu suelen falsearse o sobresimplificarse cuando se les fuerza o se les trata de forma apresurada. En ocasiones, para alcanzar una mejor comprensión, es necesario atender a un mismo asunto desde ángulos diversos. Eso toma tiempo. Algunos temas, experiencias o procesos, pueden requerir varias sesiones antes de que puedan explorarse todas sus dimensiones. Por otro lado, alargar de forma artificial la cantidad de sesiones o la duración de las mismas, pretendiendo alargar los procesos por motivos ulteriores, termina desvirtuando la relación de acompañamiento y abocándola al fracaso.

© Paco de Lariz (Francisco A. Morales) 2014

 

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