Acompañamiento espiritual en clave ignaciana 1

La pretensión de crear, en unos cuantos párrafos, un breve resumen que haga justicia a la inmensa riqueza de una tradición espiritual como la que nos llega a través de la vida y la experiencia espiritual de Ignacio de Loyola, tradición que cuenta ya con medio milenio de historia, es a todas luces temeraria. Asumo aquí el reto de la única forma que puedo hacerlo: desde la introvisión que nace de la propia experiencia a lo largo de los años asumiendo y abrazando su insalvable pequeñez y sus evidentes limitaciones.

Queda pues, avisado/a el/la lector/a que lo que sigue a continuación no son sino pinceladas generales que presentan algunos de los elementos que caracterizan mi propia práctica del acompañamiento. Están marcadas por una orientación general de línea ignaciana que he adaptado y modificado desde mi condición y práctica como sacerdote veterocatólico. Como se entenderá, esta versión tiene sus propias características y énfasis particulares, pero creo que cualquier persona familiarizada con versiones más tradicionales podrá identificar en ella los aspectos fundamentales que han caracterizado a la espiritualidad ignaciana a lo largo del tiempo y, de forma especial, a sus encarnaciones contemporáneas.

En diferentes épocas de mi vida y bajo diversas circunstancias, he recibido formación en la espiritualidad ignaciana y en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio ofrecida por los jesuitas en Puerto Rico, en los Estados Unidos y en países de Centroamérica. Sin embargo, la responsabilidad por la versión que presento es exclusivamente mía. Quien necesite una visión más clásica, puede muy bien servirse de las abundantes fuentes disponibles en diversos medios o buscarla directamente en la fuente a través de los jesuitas y de otras organizaciones religiosas que, dentro del catolicismo romano, promueven las enseñanzas y el camino de san Ignacio.

En el contexto contemporáneo, es fácil anticipar que, al alcanzar un difusión cada vez mayor entre personas y grupos de diversa procedencia religiosa y confesional, la centenaria riqueza de la tradición ignaciana asumirá nuevas formas. Es el precio que inevitablemente hay que pagar por todo proceso de universalización. La gran esperanza es que, más allá de la novedad, estas nuevas formas sean creativamente fieles al carisma ignaciano.

  • Centralidad de Jesús y compromiso ecuménico

El carácter cristiano es un rasgo central y constitutivo de la espiritualidad ignaciana; no es accesorio. Esto hace de esta espiritualidad una centrada en la figura de Jesús como modelo de opción de vida y camino hacia Dios Padre (/Madre). La persona de Jesús, su praxis, su pasión por el Reino de Dios, su infatigable compromiso con la vida, su compasión y empatía, se convierten en motor, inspiración y guía para el/la ignaciano/a que elige ponerse bajo la bandera de Cristo y busca la gracia de ser puesto con él.

La profunda adhesión al proyecto de Jesús no impide sino que potencia–y en cierta manera, exige–una apertura sincera y profundamente respetuosa a los/as hermanos/as con creencias religiosas diversas. Esta apertura busca crear puentes que promuevan el entendimiento y crecimiento mutuos y la acción y colaboración solidarias. Esto resulta en un estilo de acompañamiento que fija sus ojos en Jesús pero que no se siente amenazado por todo lo bueno que nos llega de diversas tradiciones religiosas cristianas y no cristianas. No se trata sólo de tolerar o recibir de forma pasiva sino de abrir el corazón e incluso promover aquellos elementos que, sin importar su origen, pueden ser útiles en el camino hacia Dios.

  • Mirada trinitaria

El Dios de san Ignacio es rico en su dinamismo interior y en su manera de darse al mundo y a la gente que habita en él. Esa riqueza se expresa de forma singular en la voluntad salvífica de Dios en un dinamismo permanente de creación, compromiso y praxis histórica y santificación que, en el lenguaje cristiano tradicional sobre Dios, se asocia al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Un acompañamiento ignaciano tomará cuenta de este lenguaje pero se centrará más en los dinamismos fundamentales que le subyacen. La incorporación de el/la acompañado/a a estos dinamismos y la generación de dinamismos subsidiarios en su vida cotidiana, son metas generales del acompañamiento ignaciano.

  • Apertura al mundo

La mirada trinitaria revierte al mundo. Ni Dios ni los/as cristianos/as están en oposición al mundo, entendido como el escenario vital de la praxis humana. De hecho, todo lo contrario; en la mirada ignaciana, todos/as estamos invitados/as a ver y encontrar a Dios «en todas las cosas.»

    • Rechazo de la mentalidad de asedio

La tradición ignaciana asume una postura positiva frente al mundo. En consecuencia, se aparta de la mentalidad que imagina a la Iglesia separada del mundo como un castillo de pureza que tiene que defenderse de un mundo pecaminoso y vil. Al abandonar la actitud defensiva, es posible mirar el mundo como lo mira Dios, poniendo más el énfasis en lo que nos une y hermana con él creando puentes y oportunidades para la acción solidaria y el trabajo evangelizador. No se trata de asumir todo de manera acrítica sino de liberarse de pre-juicios que llevan a condenas y rechazos sin fundamento.

    • Valoración positiva de las ciencias

Las ciencias son herramientas que hacen posible el conocimiento certero de la realidad que nos rodea. No están opuestas a la fe sino que la complementan. Adelantar el trabajo de las ciencias no es poner en peligro las creencias religiosas sino avanzar hacia el conocimiento de la obra de Dios por un camino alternativo.

    • Compromiso por la justicia

La raíz más profunda de la experiencia cristiana se cimenta sobre un compromiso activo y solidario por la justicia para todos/as y da especial atención al trabajo por la liberación y sanación de personas que han sido victimizadas de diversas formas y a sus victimarios.

    • Opción preferencial por los/as pobres

Por ser una espiritualidad centrada en el seguimiento de Jesús, la espiritualidad ignaciana asume como suyo el compromiso que marcó su vida entre nosotros/as: la compasión y el servicio a los/as más pobres y vulnerables. Esta opción no está formulada como una excusa para la exclusión de quienes no se ajustan a ese perfil, sino como la orientación que marca las prioridades y los enfoques de servicio.

Todos estos elementos imparten un carácter muy distintivo al acompañamiento ignaciano que le orienta a encontrar en el mundo y en la vida de el/la acompañado/a, las claves que hacen patente la acción viva y vivificante de Dios.

En la segunda parte de este tema continuaremos acercándonos a los elementos distintivos del acompañamiento ignaciano.

© Paco de Lariz (Francisco A. Morales) 2014

 

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