Acercándonos a la experiencia del acompañamiento espiritual hoy
El punto de partida
Desde la experiencia de fe cristiana, sabemos que no hacen falta intermediarios/as entre el alma y quien le ha creado. Sin embargo, muchas veces, el pequeño encuentro de amor entre dos hermanos/as en el contexto de una búsqueda sincera de claridad sobre el querer personal y su relación con la voluntad de Dios, se convierte en un vehículo muy eficaz que termina posibilitando otro encuentro mucho mayor entre la persona que discierne y Dios. Entonces, el acompañamiento espiritual puede comenzar a definirse desde la certeza de que en el camino de la vida, vamos mejor cuando tenemos compañía.
Es cierto que discernir, elegir el propio sendero y asumir el reto de caminar por él, son tareas muy personales en las que nadie–sin importar cuán buena sea su intención–puede sustituirnos. Todavía más cierto es que cualquier intervención extraña que pretende tomar las riendas de este proceso desde afuera, está más tarde o más temprano abocada al fracaso. Sin embargo, nada de esto impide que en ese caminar, busquemos una mano amiga y solidaria que nos ayude a despejar el camino y a apartar de él los obstáculos que nos van apareciendo. Esto es especialmente importante cuando existe la posibilidad real de que nuestra mirada no pueda abarcar todos los factores que inciden en nuestro caminar, incluyendo, entre otros, aquellos que emanan de nuestra sorprendente capacidad para autoengañarnos y ver sólo aquello que queremos ver.
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| Pulsa aquí para ver un reportaje de PBS sobre dirección / acompañamiento espiritual (en inglés) |
Es desde aquí que puede afirmarse que el arte de acompañar cristianamente a otros/as en su proceso de discernimiento llega a su plena y verdadera realización cuando quien acompaña logra crear y mantener un balance entre dos claras vertientes. Por un lado, se busca una cercanía solidaria que crea y recrea espacios seguros de intimidad y encuentro de corazones en el seguimiento de Cristo, y por otro lado, se busca la necesaria distancia que posibilita la palabra eficaz e iluminadora sin necesidad ni interés en ningún tipo de protagonismo o control. En este proceso, acompañante y acompañado/a se convierten y se reconocen mutuamente como co-testigos de la Luz. Por eso hablamos cada vez menos de «dirección» y cada vez más de «acompañamiento» espiritual.
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| Acompañado/a y acompañante crean una relación circular en constante dinamismo que les refiere mutuamente y que oscila permanentemente entre Dios y el resto de la realidad |



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